Llega con margen para oír las garzas y ver las primeras pinceladas rosadas sobre el agua inmóvil. Camina por las pasarelas de la Devesa hasta un embarcadero tranquilo, donde los reflejos duplican el cielo. A esa hora, un leve vapor se eleva y la brisa trae sal y caña húmeda; si avanzas despacio, la luz crece contigo, y cada paso añade un matiz dorado diferente sobre los arrozales.
Asciende con luz aún alta para alcanzar el mirador sin prisas, dejando que el rodeno rojo empiece a encenderse. Desde el Garbí, Valencia se recorta a lo lejos y el Mediterráneo parece respirar. Las masas de pinos se tiñen de cobre, y las sombras de las crestas juegan con el relieve. Cuando el sol cae, el viento baja, llegan silencios largos y los últimos rayos delinean aristas como si fueran bordadas a mano.
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